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M. F. ANTUÑA
Domingo, 15 de noviembre 2015, 00:46
Esta noche será Fígaro. El barítono barcelonés Joan Martín-Royo regresa a un escenario, el del Campoamor, muy querido y que le ha visto crecer como cantante. Hace doce años, hacía tres secundarios en 'La Rondine' y hoy reparte su tiempo y su voz entre el Teatro Real, el Liceo o el Théâtre du Capitole de Toulouse. En ese camino nunca ha dejado de visitar Oviedo.
No es este un escenario cualquiera para usted.
Desde el principio de mi carrera Oviedo ha sido una ciudad que me ha cuidado muchísimo. Estoy agradecidísimo a la Ópera de Oviedo, que confió en mí desde mis inicios. El camino ha sido largo e intenso y la confianza, continua.
¿Qué recuerdos guarda de aquella 'Rondine' de 2003?
Me acuerdo en positivo. Siempre que vengo a Oviedo y digo que esta ciudad es muy especial habrá quien piense que digo lo mismo en todas partes, pero no es verdad. Fíjese que investigando una genealogía familiar, me encontré que tengo una tatarabuela nacida en Oviedo, y quizá por eso me siento en casa. Trabajar en este teatro es hacerlo en familia, entre amigos, al máximo nivel de exigencia, pero sin problemas y tensiones. Esto se agradece. Aquí siempre hay ganas de hacer un buen espectáculo.
Doce años desde entonces. ¿En qué momento está ahora de su camino profesional?
No sé. Esta semana se cumplen 15 años de mi debut. El 11 de noviembre de 2000 hice un recital en Santa Cristina de Aro de lieds y arias de ópera con una colega del conservatorio. No pienso en qué momento estoy. Estoy hoy, aquí, en Oviedo, cantando 'Las bodas de Fígaro', tengo dos años de agenda prácticamente llenos, cosa que me alegra y tranquiliza en el contexto actual de crisis, y creo que evidentemente ahora estoy en otro nivel, consolidándome profesionalmente. Pero nunca sabes qué puede pasar. Este es un trabajo de día a día en el que hay que estar trabajando, trabajando y trabajando e intentando mejorar, porque la perfección no existe pero hay que intentar acercarse. Aquí en Oviedo creo que el público puede ver el progreso que he tenido.
Si le dicen entonces con sus tres secundarios que va a llegar hasta aquí, ¿se lo cree?
Pues no. En aquel momento era un sueño. Poco a poco las cosas se van consolidando, pero no está todo hecho. Quince años no es nada. Sigo dando pasos. La carrera de cantante es como una maratón en la que hay obstáculos. Hay que saber sortearlos y asumir que hay tropiezos y que hay que levantarse y reengancharse a la carrera.
¿Qué obstáculos y qué satisfacciones le da Fígaro?
Satisfacciones, muchas. Por currículum, por trabajo, por vocalidad, Mozart es mi compositor favorito. Siempre que tengo la posibilidad de interpretar una ópera de Mozart es un regalo. Reencontrarme con Fígaro después de dos años que lo interperté por última vez es una especie de termómetro que me permite ver los cambios que han sucedido en este tiempo, a nivel técnico e interpretativo. Permite ver cómo los progresos, ayuda a autoanalizarte.
¿Y tiene algún inconveniente?
Creo que ninguno. Quizá que tú tienes tu propia visión del personaje y cuando te enfrentas a una nueva producción, el director de escena tiene ideas nuevas que te hacen ver nuevos aspectos. El obstáculo puede ser que seas reticente a cambiar cosas, pero no es mi caso, yo lo veo como un proceso de enriquecimiento.
¿Qué tiene este Fígaro que no tengan otros?
Quizá es un Fígaro que en ciertos aspectos cede más la iniciativa a Susanna. Está muy clara en la visión del director de escena que las mujeres son las que lideran el proceso de estas bodas y del intríngulis. Respecto al Fígaro que vimos en 'El barbero de Sevilla' se encuentra con una alumna que le ha superado y esto le molesta. Hay piques muy divertidos entre ellos dos como pareja. Se chinchan pero entre ellos hay amor verdadero. A Ainhoa Garmendia le va pintado el papel.
¿Y que tiene de especial la producción desde el punto de vista escénico?
No es una producción en absoluto rompedora. Se busca el carácter atemporal. Por el vestuario se puede situar más en los años 30 del siglo XX, pero el escenario en sí y la relación entre los personajes no cambia nada. No va a chocar en absoluto. Se ha basado en explicar muy bien una historia que es muy compleja y que el público la reciba con la máxima claridad. El público va a disfrutar mucho, es muy divertida y muy fiel y honesta con el original.
¿Y musicalmente?
Estoy trabajando muy a gusto con Benjamin Bayl, es un director muy preciso, me gustan mucho los tempos que ha elegido. La obra es una locura porque todo transcurre en 24 horas, el ritmo es frenético y hay que mantener el pulso para que no decaiga la tensión. Creo que Benjamin ha hecho un magnífico trabajo y nos obliga a todos a estar muy atentos. Hay una energía muy bonita en el escenario.
Antes decía que cantar es una carrera de fondo. ¿Hacia dónde va usted? ¿Qué papeles querría debutar?
Esto depende de la evolución natural de la voz. Te va guiando y nunca debes forzarla ni en un extremo ni en otro. Hay que seguirla, escucharla y tener claro qué es lo que amas como oyente y qué ama tu voz porque le va bien. Yo tengo la suerte de hacer un repertorio que me encanta como oyente y como intérprete, que es Mozart y Rossini, y también música barroca y contemporánea. Pero, de momento, repertorios más pesantes no son para mí. Cada temporada debuto alguno. Este año haré Taddeo en 'L'italiana in Algheri' en Toulouse. Mi repertorio está aquí y con intención de poco a poco ir ampliándolo con algún papel del repertorio ruso, también francés. Pero no es solo lo que quieras, sino también lo que te ofrecen y además es importante diferenciar entre ser decidido y temerario.
Creo que está muy interesado en la ópera contemporánea.
He tenido la suerte de hacer bastante. Hacer una ópera contemporánea te permite conocer al compositor, ver qué ideas tiene, qué quiere expresar con esa música, con ese personaje. A mí me encantaría tener aquí a Mozart y preguntarle, pero no es posible. Por eso tener la ocasión de trabajar codo con codo con un compositor es una enorme alegría. Y luego está que el hecho de pensar que tu interpretación va a fijar cómo va a llegar esta obra al público, de modo que la responsabilidad es doble. Me gusta esta aventura.
No hay muchas aventuras de estas...
Es muy dificil porque invertir en una ópera es muy costoso. Desgraciadamente, las instituciones y las personas que tendrían que apoyarlo lo hacen poco y si lo hacen, se representan pocas funciones y no se da oportunidad al público de que se vaya familizando y pueda conocer ese título. Ahí también te planteas el gran esfuerzo que supone para luego hacer una o dos funciones. Cuando estrené 'Yo Dalí', hicimos seis funciones y yo dediqué seis meses exclusivamente a montar esa ópera.
¿No son buenos tiempos?
Por un lado ves que el público responde, está con ganas. Estos diez, quince últimos años la ópera en España ha avanzado a un nivel increíble. Se ha roto con esa imagen de la ópera como un espectáculo elitista, aunque algunos lo mantienen por mucho que una entrada para la Champions cueste más. Hoy en día se han puesto más instrumentos para que la gente pueda disfrutar, con transmisiones en directo, conferencias previas, los subtítulos, espectáculos para niños...
¿O sea, poco dinero pero buenos tiempos?
En cierta forma sí. Evidentemente los teatros han sufrido recortes, se han suprimido títulos y cerrado muchas temporadas de ópera en todo el mundo, pero pese a todo no ha muerto la llama. La esperanza está viva. Veo en cada función que la gente tiene ganas de música. La cultura da esto, nos permite alimentar nuestro espíritu, nuestra alma. La gente necesita cultura y la pide. Pero esto no entra en los debates electorales.
¿Qué apuntaría usted en uno de esos debates?
Que la cultura es muy importante, y que habría que considerarla no solo como diversión y entretenimiento, sino como un alimento necesario, pero si no dejas ni que la gente lo pruebe no lo puede echar de menos.
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