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AZAHARA VILLACORTA
Lunes, 30 de noviembre 2015, 00:40
José Ramón Pardo (Gijón, 1941) es una discoteca andante, además de haber construido otra física con miles de vinilos. El periodista, que fue creador y director de Radiolé y M80, además de responsable de la parte musical de Informe Semanal y redactor jefe de 'Abc' y 'Blanco y Negro', se encarga desde 2006 de ilustrar sonoramente el programa de Pepa Fernández en RNE, 'No es un día cualquiera'. Una pasión que empezó en su juventud y precisamente a esa época ha dedicado su último libro, 'Aquellos años del guateque. Historias y recuerdos de la generación del tocata', una colección de vivencias (casas sin padres, cervezas y panchitos, juego de la silla, el Circo Price, Eurovisión, Fonorama, Mundo Joven...) con banda sonora que hoy presenta (19.30 horas) en el Centro Cultural Cajastur de Gijón en un acto organizado por el Ateneo Jovellanos dentro del Aula de Cultura de EL COMERCIO.
Hace un recorrido por los sesenta y los setenta intercalando sus vivencias personales con los grandes éxitos de la radio de entonces.
Sí. Es la historia de mi generación. La de la gente que era joven en aquellos años y que ahora tiene 60 o 70 años. Hago un repaso por la moda, el cine, la televisión, la radio e incluso los medios de transporte. Es un retrato de cómo vivíamos entonces.
Y todo, con el guateque como símbolo de una época.
Es que el guateque era la primera oportunidad que teníamos de relacionarnos con el sexo opuesto porque, entonces, la educación era religiosa y, por supuesto, los chicos y las chicas estábamos siempre separados. Así que la única forma de estar con una chica era hacer una fiesta y, si había suerte, ponerle la mano en la cintura. Imagínate qué pecado. El primer guateque era tremendo, en el segundo ya tenías más experiencia y en el tercero, más todavía. Había todo un ritual de emparejamiento, que no de apareamiento.
De hecho, aquella mano en la cintura se convirtió en canción.
Era una canción francesa, de Adamo, que se titulaba 'Mis manos en tu cadera', pero a los censores españoles les pareció pecaminosa, así que decidieron subir la mano y, en España, se convirtió en 'Mis manos en tu cintura'. La hicieron bastante más cursi, la verdad.
Gran avance relacional.
Hasta ahí era lo permitido. Y, si te querías acercar más, se defendían interponiendo el codo entre ellas y tú. Así que no había forma. Yo, de hecho, tengo un bulto en esa zona de todos los codazos que me llevé (Risas). Eso, si eras una chica 'normal', porque las que no ponían el codo eran consideradas unas 'frescas'.
¿Una concesión a la nostalgia?
Pero a la nostalgia no entendida como tristeza, sino como un tiempo feliz. Porque para todo el mundo la época de la juventud es la mejor. Yo siempre lo pienso que cuando alguien dice aquello de 'esto es de mi época'. Creo que consideramos 'mi época' al periodo comprendido desde que empiezas a ligar hasta que firmas la hipoteca.
Explíquese. Haga el favor.
Una vez que eso ocurre, no quiere decir que no te diviertas, pero ya tienes otras preocupaciones, careces de la capacidad de ser un inconsciente, de la alegría de gastar, mientras que, cuando estás estudiando, lo más que te puede pasar si suspendes es que te lleves una bronca y tengas que estudiar durante el verano. Era maravilloso.
¿Y después del guateque qué?
Después vinieron las salas de juventud, las discotecas, las macrodiscotecas y el botellón. El guateque era lo que hoy en día es el botellón, en el sentido de que bebíamos por poco dinero porque las copas en los locales son caras. En concreto, nosotros bebíamos una mezcla suavizada de vino con gaseosa La Casera, a imitación de las 'partys' americanas, donde lo que se bebía era ponche.
Y eso, con el consentimiento paterno y materno.
Sí. De hecho, nosotros éramos diez hermanos y mi madre siempre nos daba un consejo: «Invitad a más chicos que a chicas». Nos lo decía para que ninguna se quedase sin bailar. Defendía a las de su género. Así que, fundamentalmente, iban tus hermanos y hermanas y sus amigos y amigas. Y en los guateques se ignoraba a las parejas formalmente constituidas, que no nos aportaban nada al no participar en el intercambio.
En uno de ellos conoció a su mujer.
Era amiga de mi hermana la novena y, aunque al principio no nos hacíamos ni caso porque yo le llevaba varios años, aquí estamos después de más de 40. Es más: Adena estás a punto de declararnos especie protegida (Risas).
Y, al final, como en los mejores cuentos, salieron de una dictadura. ¿Se emborracharon de libertad?
Yo, personalmente, dejé mi trabajo de redactor jefe en ABC por las mañanas y en RNE por las tardes porque me tocaron los últimos fusilamientos del franquismo o la Marcha Verde. Estuve más de un mes en el Sáhara. Y, al volver, decidí que lo que me gustaba realmente era la música. Así que, aunque me iba a dar menos fama y menos prestigio y aunque sabía que ser corresponsal de guerra era el no va más, me despedí. No me importó nada ser el no va menos. Porque a mí no me gusta ser jefe pero tampoco tener jefes. Me fui a la radio. También es verdad que entonces no teníamos la preocupación de no encontrar trabajo. Yo, cuando estaba en primero de carrera, ya tenía contrato fijo en ABC y ejercía de redactor jefe aunque sin nombramiento, porque no tenía título.
Y eso que iba para cura...
Eso fue porque, a mi padre, que era ingeniero naval, lo trasladaron a Madrid y allí me crié. Estudié en el Colegio Sagrada Familia y, desde los diez años, pensé que mi primera vocación podía ser el sacerdocio, pero mis padres, con buen criterio, me pidieron que cuando aprobara cuarto de bachillerato y reválida lo hablásemos de nuevo. Así que llegó el día e ingresé en el Seminario, donde, para mi sorpresa y a mis trece años, me enrolaron en lo que llamaban 'vocaciones tardías'.
Hasta que vio que aquello no era lo suyo y se pasó al pop-rock, fue guionista de 'Aplauso', 'Tocata' y 'A tope' y hasta tuvo un grupo: Los Telekos. ¿Quiénes partían la pana entonces? ¿Quiénes temían más fans?
En los primeros sesenta, los dos que más rivalizaban eran Raphael y el Dúo Dinámico. De hecho, sus fans estaban perfectamente organizadas, de manera que, si la jefa nacional daba una orden, esta se trasladaba a las líderes provinciales y así sucesivamente. Eran 'raphaelistas' contra 'dinámicas'. Hace poco, todavía vi a dos señoras en un concierto del Dúo Dinámico con una camiseta que ponía 'Las dinámicas', porque siguen yendo a todos sus conciertos. Hay artistas como Raphael o como Serrat que trascienden a las generaciones. O he visto cantar también recientemente con mucho éxito a Danny Daniel. Luego ya, a partir del 65, la nueva rivalidad era entre las fans de Los Brincos y Los Bravos.
¿Con qué canciones se queda?
Con dos. Por un lado, con 'Popotitos', que primero interpretó la banda mexicana Los Teen Tops y después Miguel Ríos, porque era el primer rock que llegaba a España, la ruptura con el bolero, el mambo, la copla... Y, por otro, con 'Runaway', escrito e interpretado por el cantante de rock norteamericano Del Shannon, que fue la mejor canción de los primeros sesenta.
Me los imagino a todos con Varon Dandy y pantalones de campana.
(Risas). Sí. También le dedico un capítulo a la moda. Nos empezamos a poner vaqueros. A mí un catedrático me echó de clase en la Facultad porque dijo que aquello no era un lugar para montar a caballo. Y llegaron las minifaldas. Fue cuando descubrimos que las chicas, además de pantorillas, tenían muslos. Y el estilo psicodélico de los Beatles, con aquellas casacas, y aquellos pelos que en España eran un escándalo. ¿Un joven español con melena? No, por Dios, qué vergüenza. Ese fue el inicio de las tribus urbanas.
Y, en verano, viajando a Gijón en tren o en Seiscientos a ver a la familia, porque su madre era asturiana.
Las vacaciones de mi familia eran el equivalente a una especie de 'erasmus', un intercambio en el que cada hermano pasaba las vacaciones en casa de algún familiar. A mí me tocaba Gijón. Pasear por el Muro o ir al Jardín. Me he divertido mucho. Y ahora me vienen a pedir libros dedicados jóvenes encantadores y guapos que los quieren para sus madres. El otro día, una chica, para su abuela. Me hundió.
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