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Entre el coro, los solistas y los extras, hasta setenta personas se subieron ayer a las tablas del Teatro Campoamor con una impresionante producción.
Tenebrismo frente a bel canto

Tenebrismo frente a bel canto

José Bros tuvo una actuación soberbia en una función que abusa de la estética industrial, con reminiscencias de la Fura dels Baus, que provocó división de opiniones

RAMÓN AVELLO

Lunes, 14 de diciembre 2015, 01:07

Dicen que en los Países Bajos al coco que asusta a los niños le llaman el duque de Alba. Leyenda terrorífica labrada en los años en los que Fernando Álvarez de Toledo ejerció como gobernador de Felipe II en Flandes. Precisamente, del Teatro de la Ópera de Flándes procede esta producción de 'El duque de Alba', de Gaetano Donizetti. Ópera inacaba -la completó en 1882 Matteo Sarti-, y que se ha interpretado raramente. En este sentido, la representación de ayer en el Campoamor puede considerarse, si no un estreno de la obra en España -la ópera se representó a finales del siglo XIX en el Liceo de Barcelona y en el Teatro Real de Madrid- una auténtica recuperación, tras más de un siglo de abandono. Y eso siempre es un hándicap para el público, que aplaudió ayer con ganas las actuaciones de los cantantes, muy atinados en general, pero que escuchó la pieza sin conocimiento previo y sí advirtió que en cierta forma es una ópera fallida con momentos muy brillantes y otros más rutinarios y no está al nivel de las grandes que nos ha legado su autor. Pero, pese a lo dicho y a que la puesta en escena abusaba de un ambiente de tintes industriales más idóneo para la versión en francés estrenada en Bélgica que para la italiana que ayer se vio en Oviedo, el Campoamor aplaudió a los cantantes y a los músicos y el público se fue a casa contento con la experiencia de disfrutar de una ópera nunca -o casi nunca- vista.

Sobre un fondo dramático de la terrible represión de los Tercios de Flandes, se perfila en 'El duque de Alba', una historia de amor, odio, venganza y ansias de libertad. La versión escénica de Carlos Wagner subraya el carácter tenebrista, sombrío y universal de las espirales de violencia. Wagner traslada la acción desde Brujas y Amberes en la época de Felipe II a un conflicto y una guerra imprecisa del mundo contemporáneo. Divide la escena en dos partes muy significativas, la parte superior que simboliza a las tropas españolas y la inferior, el pueblo flamenco, lo que nos da idea de una estructura conceptual muy en la línea de unas escenografías como maquinistas que nos recuerdan a los trabajos de la Fura dels Baus. Introduce en la obertura proyecciones audiovisuales con un carácter simbólico, en este caso una imagen gótica que se va fragmentando. Y como un elemento también simbólico de ese tenebrismo, los fuertes contrastes de luces y sombras sobre una escena generalmente opaca. Elementos como soldados gigantes ahondan en este sentido metafórico de la opresión. Esta propuesta generó división de opiniones y hubo incluso un conato de pateo al equipo escénico cuando salió a saludar.

Concordar una escena de violencias expresionistas con una música de cuño romántica fue la labor que realizó el director genovés Roberto Tolomelli, al frente de Oviedo Filarmonía. Es un especialista en la ópera belcantista italiana, bien conocido en Oviedo por obras como 'Maria Stuardo', 'La Favorita' y 'Norma'. Ya desde las primeras notas de la Obertura, concebida como una anticipación temática al drama que se desarrollará en la ópera, se percibe en la orquesta para 'El duque de Alba' un vigor y una densidad sinfónica muy peculiar. Indudablemente, Tolomelli tiene un trabajo difícil porque es una partitura en la que intervinieron diferentes manos, siempre predominando sonoridades de viento. El director lleva los tiempos de una manera canónica, hace que los instrumentos no tapen a las voces con lo cual controla, a veces demasiado, las intensidades.

Uno de los aspectos más abiertamente románticos de 'El duque de Alba' es la importancia que posee el coro en la ópera. Un coro poliédrico que unas veces simboliza a los soldados españoles y otras representa al pueblo flamenco; a veces entona himnos patrióticos y otras subraya con los solistas las grandes escenas concertantes. En todos estos aspectos, cumplió bien su función el Coro de la Ópera de Oviedo, dirigido por Enrique Rueda. Está siempre afinado, pero en algunas escenas le falta un poco de brillo, de tersura, especialmente en su momento estelar que es el 'Himno de los conjurados', una de las mejores páginas corales de la pieza, pero que no se ha matizado suficientemente.

Las voces

Entre las voces secundarias, Felipe Bou como Sandoval, Josep Fadó como Carlos y Miguel Ángel Zapater en el papel de Daniele, el cervecero rebelde, protector de Amelia, interpretan sus papeles con seguridad. Especialmente destacó por la manera de meterse en su papel y por la fuerza de su voz el barítono Felipe Bou.

Entre los protagonistas, el barítono Ángel Odena interpretó al duque de Alba. Un papel de cierta complejidad, que recuerda en cierta manera a esos personajes que tras la máscara del poder poseen un corazón solitario que ansia el amor. En este caso el amor hacia su hijo natural. A pesar de que estaba vestido por el enemigo, Odena hace un duque de una gran solvencia vocal. Lo más destacado y en donde llega a ser un personaje de cierta humanidad a pesar de su rudeza es en el gran monólogo en el que se queja de la soledad del hombre poderoso.

Marcelo es un prototipo de tenor lírico donizettiano, y en este sentido, José Bros es idóneo para el papel. Toda su actuación de principio a final fue impecable, pero donde despertó los grandes aplausos el aria 'Angelo casto e bel'. Esta interpretación fue lo más sobresaliente de la obra, tanto por la línea melódica, por la matización y por la emoción que provocó el tenor. Soberbio.

Debutaba en Oviedo la soprano mexicana María Katzarava, en el papel de Amelia d'Egmont. Personaje complejo, tanto desde un punto de vista dramático, al representar una mujer vengativa y enamorada, como desde el punto de vista vocal, al requerir una voz lírico dramático de amplia tesitura. Es muy difícil este papel y María lo afrontó con severidad, facilidad en los agudos y un timbre de un color dramático muy definido en el registro medio de su voz.

En resumen, hay que valorar que en Oviedo se represente una ópera desconocida de Donizetti, aunque se trate de una pieza irregular. Se recordará sobre todo por la gran calidad de los cantantes, y especialmente José Bros. Un gran Marcelo.

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