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ramón muñiz
OVIEDO.
Domingo, 14 de enero 2018, 01:32
«Los gitanos estamos juntos siempre, en la vida y también en la muerte». José Carlos, el patriarca de los Montoya, explica por qué tiene a una treintena de familiares ante el Hospital Universitario Central de Asturias. Dentro está Gonzalo, su «chaval», ingresado en una UCI donde, en realidad, pocos parientes pueden visitarle. Las máquinas lo ayudan a respirar, le extraen líquidos que no debería retener, auxilian unos riñones mermados.Es un cuadro complicado, pero infinitamente mejor al del domingo pasado. Durante la revisión de la mañana, los vigilantes lo encontraron en su celda, azul, rígido, sin pulso ni respiración aparente.
En la enfermería existe un electrocardiografo, aparato que verifica a ciencia cierta si el corazón está parado. No pertenece a la gama de los portátiles, los que van en las ambulancias. Se podía trasladar a Gonzalo hasta allí, pero eso suponía alterar la escena del suceso. Como no tuvieron dudas de su muerte, los vigilantes y dos médicos acordaron precintar la celda y llamar al Juzgado de Guardia. El forense confirmó el fallecimiento, levantó lo que creía era un cadáver y mandó que se hiciera la autopsia.
«Solo recuerda que al despertar estaba metido en una bolsa», traslada Katia Tarancón, la esposa del reo. «O alguien cometió un error de bulto o este fue el primer señor después de Jesucristo que resucitó», sitúa su letrado, Luis Tuero. En realidad el cliente estaba sufriendo una sobredosis. Fuentes próximas a la investigación señalan que en sus analíticas hay rastros de cocaína, heroína, metadona, barbitúricos y hachís. Las horas perdidas en darle el tratamiento adecuado eran clave. Cuando el letrado sepa las secuelas, reclamará una indemnización a la administración.
Los Montoya solicitarán también el indulto para su 'resucitado'. Eso obligará a repasar su expediente, una historia que comienza en 1988, en el poblado de Villalegre. En su chabola José Carlos y María Covadonga han tenido tres niñas. El varón llegará un 14 de febrero. «Tenía los ojos muy pequeños y dije... ay, que este no es mío, que es de un chino», recuerda el padre. Con la broma se quedó Gonzalo, apodado desde entonces 'El Chino'.
Al preso «no le gusta recordar todo lo de atrás, pero en la cárcel le decían que tenía que contar su vida», evoca Katia. Los psicólogos que lo entrevistan reflejan en sus informes que de esa etapa «refiere una infancia en condiciones de extrema pobreza y marginalidad». El Plan de Erradicación del Chabolismo les proporciona un piso, en Valliniello. «Empezó a ir a la escuela a los 9 años de edad y cursó hasta 5º de EGB», escriben los terapeutas.
¿Tenía dificultades con los libros? «Bueno, ningún gitano ha sido oficinista», excusa su padre, quien se lo lleva en el furgón, para que le ayude a recoger chatarra y cartones. «Yo había sido operado, tenía problemas de espalda, necesitaba ayuda», explica. La tarea es entretenida para un chico de 13 años. Dejan su teléfono cuando ven que se vacía una vivienda. Deambulan por polígonos y calles. «Acumulo la chatarra y luego la vendo el fin de semana. Antes de la crisis había industria y menos gente dedicándose a esto, y podías sacar 200 euros cada vez», calcula José Carlos.
Gonzalo ayuda como un adulto, y empieza a tener comportamientos de tal. En el colegio había conocido a Katia y, tras jugar a salir y cortar, con 13 años «fuimos más en serio. Me escapé de mi madre y me fui con él», recuerda ella. Los dos tienen 14 años cuando nace su primer crío, Marcos. No son matrimonio, algo que las familias arreglan pronto. «Nuestros padres hablaron y se pusieron de acuerdo. Celebramos el ajuntamiento, con baile y canto, y estamos casados por la ley gitana», comenta la mujer.
Son menores y se resuelve que sigan en el piso de los Montoya. En esos días de chatarra, padres, mujer e hijos, Gonzalo se abre a nuevas experiencias. «Sobre los 16 años comienzo a consumir porros y cocaína», admite. El barrio tiene ojos y el aviso le llega pronto a José Carlos. «Al principio no me lo creí; luego traté de quitarle de eso», cuenta. ¿Cómo? «Le intentaba tener entretenido, con el camión y la chatarra o limpiando el garaje», apunta. En un momento dado, la familia resuelve que lo mejor es que la joven pareja ponga distancia con «las malas compañías», así que les buscan un piso social en Oviedo.
Asturias es una de las regiones con menor natalidad de la UE. Katia y Gonzalo en cambio encadenan cinco bebés. «Nuestra comunidad tiene otra filosofía de vida; pensamos que una pareja no lo es hasta tener niños. Intentamos criarlos lo mejor posible, viviendo al día y tirando p'alante», explica José Montoya, uno de sus primos. «Somos muchos y nos ayudamos, si tengo 20 euros y tú nada, lo comparto», explica otro familiar que asegura tener un padre de 68 años, feliz de tener vitalidad para jugar con sus 60 nietos y 10 biznietos.
Para alimentar a su familia, Gonzalo y Katia cuentan con un salario social de 718 euros. « Con eso hay que pagar los 350 euros del piso, la luz, el agua, la comida, y el colegio. No da para nada y por eso alargó la mano un poquitín», disculpa José Carlos. Con 23 años le cae la primera condena, por conducir sin un carnet que aún no tiene. Nada raro de tener en cuenta que es «semianalfabeto, solo suma y resta, apenas escribe y lee», según los terapeutas.
La historia sigue con dos sentencias por robo con fuerza y otros dos hurtos. Las sentencias le retratan como un delincuente que se lleva cosas ajenas, sin violencia ni arte. La policía, por ejemplo, le sorprende en el polígono de Cerdeño, a la una de la noche, tratando de sacarle a una grúa un motor valorado en 8.445 euros. Con los alicates, la cizalla y la llave inglesa dejó daños de 468 euros cuando le detienen. Otra noche, junto a un primo, entra en la nave de GAM y se lleva seis aparatos de aire acondicionado, tasados en 1.374 euros.
Acaba de cumplir 27 años cuando la vida le pone a prueba. Entra en la cárcel, con tres años y medio de pena por delante. La rutina es severa, pero el régimen penitenciario permite permisos cuando lleve un cuarto de ese tiempo, y la libertad condicional a los tres cuartos. Lo único que exige a cambio es que se adapte, tenga buena conducta, ánimo de no reincidir. Unas actitudes que no encontrarán en él.
Katia logra que lo coloquen en la UTE 2, un módulo donde se trabaja la desintoxicación con un protocolo que requiere un plus de adaptación. «Tenía un grupo asignado y no podía hablar con los otros, aunque hubiera primos en ellos. Un día un primo de otro grupo le dio un cigarro y por eso le expulsaron», dice la mujer. Le derivan al módulo 8, «donde hay más droga que en la calle», lamenta. Al reo lo sorprenden con un porro o metiéndose en una pelea. Irá acumulando al menos cuatro faltas disciplinarias.
Dice a los psicólogos que «sufre mucho por sus hijos», que está «chinado». «Me he intentado poner la soga», advirtió. Los especialistas perciben que se deja influenciar por otros, tiene «autoestima deteriorada junto con controles de conducta inadecuados». Carece de «hábitos laborales, lleva años con dependencia institucional» y sus valores son «permeables al delito». Al sumar a eso las drogas, concluyen que mejor no darle permiso para salir «por falta objetiva de suficientes garantías de hacer buen uso» de la salida.
Tuero solicitará que los últimos doce meses de pena se lo sustituyan por trabajos en beneficio de la comunidad. «La hoja histórico penal del reo pone de relieve la peligrosidad criminal del mismo», responde un juez que, dada «su voluntad criminal», rechaza la idea, hace ahora un año.
«Tiene delitos menores pero le hacen cumplir la pena íntegra. La sociedad castiga demasiado estos asuntos y a los que nos roban de verdad no les pasa nada», cuestiona Rubén Fernández, abogado que le ha librado de alguna. No cuesta encontrar comparativas a favor de su tesis. Carlos Fabra, expresidente de la Diputación de Castellón, entró a la cárcel tres meses antes que Gonzalo, con cuatro años de condena por defraudar al fisco 693.074 euros. Está en la calle desde abril.
A Montoya el nuevo año le pilló con 1.037 días de cárcel del tirón. «Nos llamó al teléfono, estaba triste, nos echaba de menos», recuerda su mujer. Ya se sabe. Los gitanos deben estar «siempre juntos». El sábado Katia agarró a dos niños y le visitó, 45 minutos, sin sacarle del bucle. Él cogió las pastillas y las drogas que tenía a mano e intentó salir de prisión, aunque fuese con los pies por delante. «Se intentó suicidar porque nos echaba de menos, y ahora nos pide perdón», cuenta su madre, Covadonga.
Quizás vieran su historia anoche, en televisión. Una cadena nacional pagó viaje y hotel en Madrid para tener en el plató al padre y la hermana. Dicen que irán donde haga falta para conseguir que de esta su 'Chino' tenga una vida que le merezca la pena.
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