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GUILLERMO FERNÁNDEZ
Sábado, 29 de agosto 2015, 01:25
Para arrojar más luz y dar mayor lustre a la exposición 'Llanes y las ballenas', que estará abierta en la Casa de la Cultura hasta el mes de febrero de 2016, ayer pronunciaba una conferencia en Llanes el candasín Manuel Ramón Rodríguez, bajo el título 'La caza de las ballenas en Asturias a través de la documentación histórica'. Rodríguez, licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo, se dedica desde 1988 a investigar las antiguas fábricas de conserva de pescado de Asturias y a múltiples trabajos relacionados con la pesca. El conferenciante fue presentado por Higinio del Río, director de la Casa de la Cultura de Llanes.
Como punto de partida, Rodríguez destacó que la referencia documental más antigua sobre la caza de ballenas en Asturias «data del año 1232 y se sitúa en el concejo de Carreño». Aparece la cita en un contrato de arrendamiento que los pescadores firmaron con la abadía de Santa María de Arbás, situada en Pajares, y según el cual los marineros tenían que pagar a los monjes «seis maravedíes por ballena capturada».
Este tipo de pesca en el litoral asturiano se mantuvo vigente hasta «principios del siglo XVIII», momento en el que los cetáceos dejaron de aparecer por la costa «como consecuencia de su exterminio».
La especie que se acercaba al litoral asturiano era la ballena conocida como «franca septentrional». Procedía «del Atlántico Norte, medía entre 13 y 18 metros y pesaba de 30 a 60 toneladas». Los marineros, en número de seis, acompañador por dos arponeros, se movían en chalupas pequeñas. Al clavar el arpón «soltaban la estacha con una boya y la recuperación era sencilla porque este tipo de ballena era menos densa que el agua y siempre emergía».
La ballena franca septentrional era una presa relativamente fácil porque «era lenta y paría en el Cantábrico, lo que la hacía muy vulnerable». «Los pescadores mataban primero a la cría», subrayó Rodríguez.
La temporada de pesca iba «de noviembre a marzo» y los beneficios económicos eran muy importantes: «El principal aprovechamiento era el saín, llamado grasa de arder, que los vascos comercializaban y exportaban en barriles por toda Europa». «Y estuvo vigente hasta la llegada del petróleo», matizó el candasín.
Otros aprovechamiento eran «la carne en salmuera; los huesos para la construcción, y las barbas para corsetería, paraguas y botones».
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