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AZAHARA VILLACORTA
Viernes, 31 de mayo 2013, 06:06
Alrededor de un cuerpo que grita y se revuelve, que convulsiona y se retuerce, se congregan familiares y amigos del poseído, mientras que, a su lado, dirigiendo la ceremonia, un hombre de setenta años armado únicamente con un crucifijo y agua bendita, oraciones sin descanso y fuerza física, lucha por expulsar de aquel hombre a Satanás en un ritual que se prolongará durante varios días, con sus noches.
Ese último exorcismo practicado en Asturias tuvo lugar en un domicilio de Gijón por orden del hoy arzobispo de Valencia, Carlos Osoro, y el encargado de oficiarlo fue uno de los hombres fuertes de la Diócesis asturiana, situado estratégicamente, en su corazón: Benito Gallego, don Benito, deán de la Catedral de Oviedo. Setenta años y, desde hace ya nada menos que 37, canónigo penitenciario: el encargado de administrar el sacramento de la penitencia en pecados cuya absolución está reservada únicamente al arzobispo. Pecados de especial gravedad en los que su función trascendental es «levantar la excomunión».
Los requisitos para obtener su perdón en un confesionario en la penumbras de la capilla del Rey Casto son «que el pecador haya alcanzado la mayoría de edad y sea consciente de que ha incurrido en una pena especial como es el aborto provocado, y no solamente quien lo realiza, sino también en las personas que colaboran de manera efectiva o eficaz para que se haga, atentar físicamente contra el obispo y denunciar falsamente al confesor. Por ejemplo, acusarlo de incitar a cualquier pecado, pero, sobre todo, sexual».
Ese inmenso poder espiritual sobre las almas de la grey acumulado durante casi cuatro décadas ha convertido a este leonés de Villamoratiel de las Matas en el exorcista de la Iglesia asturiana sin nombramiento, porque sólo un 26% de las 69 diócesis españolas cuentan con exorcista designado de forma oficial.
Lo que sí está establecido es que únicamente puede ejercer el ritual un sacerdote que haya sido nombrado «expresamente» por el obispo, bien para que realice un exorcismo eventual, o bien para que ejerza de forma estable en la Diócesis. Y, en el caso del deán de la seo ovetense, así ha sido durante muchos años. Bajo el báculo de los tres últimos arzobispos: Merchán, Osoro, Sanz.
Ocurre que el sigilo y «la prudencia» que exige el cargo lo habían mantenido oculto hasta ahora, pero la alerta lanzada por el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, de que «la demanda de exorcismos aumenta» y el hecho de que haya decidido designar a ocho sacerdotes para desempeñar esta tarea han motivado que haya accedido a desvelar su misión «hasta donde se puede» para ELCOMERCIO.
La liturgia en la que invocará a Dios y se dirigirá imperativamente al diablo «para que deje de atormentar o de poseer a una persona» comienza con una comprobación básica: «Lo primero es ver que no hay una explicación de tipo puramente psiquiátrico o psíquico, sino que hay una influencia directa y expresa del demonio, que no es un ser mitológico, sino que es un ser personal y real que existe y actúa sobre las personas, las cosas y los lugares».
Solo entonces comienza un antiquísimo ritual renovado por Juan Pablo II en 1998, cuando la Santa Sede decidió, después de casi 400 años, revisar el anterior texto (que databa de 1614) por los cambios que supuso el Concilio Vaticano II y los avances de la ciencia en el campo de la mente.
Don Benito extrae el volumen que utiliza de un armario, una edición de 2001, y abre sus páginas con familiaridad, pero también con respeto:«Primero se invoca a la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo y luego viene una oración pidiendo esa asistencia especial del Señor. Después, hay una súplica invocando la intervención de los santos y para que el demonio deje de actuar como está actuando en esa persona. Más tarde, unas lecturas del Santo Evangelio antes de la imposición de manos y de la renovación de las promesas bautismales. Y, por fin, se pronuncia la fórmula imperativa propiamente dicha del exorcismo, pidiendo por la fuerza del Señor Jesús, por la fuerza de su cruz, que deje libre a esa persona».
Más información en la edición impresa de EL COMERCIO y en Kiosko y Más
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